Maquiavelo en Ezeiza
Quiero describirles una imagen, y
los sentidos posibles para la situación que representa:
Nicolás está en un aeropuerto. Acaba de perder su trabajo. Camina por el
pasillo de las puertas de embarque, sostiene la campera en el antebrazo derecho.
Con esa mano, se aferra al pasaje. Es de lo poco que le queda. Y le pesa.
Habrá hecho lo que pudo. Lo que estaba a su alcance. Pero cuando te obligan
a irte, cuando te meten preso y te colocan una patada en el orto, ¿qué más
queda? Hizo lo que pudo por el país. Querrá decir “su país”, pero ni eso tiene
claro. Si sigue o seguirá siendo su país cuando se vaya.
El altoparlante anuncia el comienzo del embarque. Queda último en la fila. El
de adelante se suena la nariz, la siguiente cuenta unos pocos billetes y se los
guarda en la cartera.
El pasaje. Piensa que el peso de
ese cartón equivale a su corazón. Puede sentir cómo palpita. Eso le pasa: su
vida se reduce en ese momento a una campera colgando, una carry on liviana
sujeta por su mano izquierda, y ese pasaje.
En su asiento, escribe lo poco que puede escribir en un momento como ese.
Dos palabras: Qué pasó. Mientras el avión toma carrera para despegar, ve a lo
lejos el fantasma de la ciudad. ¿“Su” ciudad?
¿Habrá hecho lo que pudo? ¿Habría contado una gota más de esfuerzo?
Slavoj Zizek analiza la tesis 11 sobre Feuerbach de Marx en una cápsula de
YouTube. Aquella que dice, que reza: “los filósofos no han hecho más que interpretar
de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.
Nuestro esloveno ícono pop de la filosofía contrapuntea dicha sentencia, porque
para él “durante el siglo XX, puede que hayamos intentado cambiar el mundo muy
rápido. Es de nuevo el tiempo para interpretarlo otra vez, empezar a pensar”.
Eso es lo que trato de hacer. Y la imagen de Maquiavelo en Ezeiza, el
desahucio de la política, me dispara algunas puntas. Por lo menos para empezar.
Maquiavelo puede ser un ejemplo de los efectos, por lo pronto superficiales,
de la dinámica comunicacional contemporánea. En El diario de la princesa 2,
joya de nuestras infancias mid-2000’s, se lo menciona en dos ocasiones. El
vizconde que pretende coronar a su sobrino Chris Pine en lugar de Anne Hathaway
en Genovia, cita al florentino para sostener los engaños y trampas que lleva a
cabo en función de su interés personal: quedarse con el poder. La frase “el fin
justifica los medios” encuentra en el refranero occidental buen asidero en esta
representación. Así como las referencias que ligan a la definición de “lo
maquiavélico” con conductas moralmente reprochables y personas que persiguen su
propio beneficio. El entramado que la cultura de masas, el lenguaje y la vida
cotidiana tejen a través de los flujos de información mediatizados pintan un Maquiavelo
como el hombre hiperpragmático y descorazonado que defiende una idea de poder y
sus usos que desconocen la moralina imperante.
A riesgo de parecerles un policía de los discursos, cayendo en un esnobismo
del cual participo, nada puede estar más alejado de lo que considero “mi
Maquiavelo”. Me sorprendo cada tanto de colegas y aficionados a la cultura
política repetir los mismos enunciados que son parte del malentendido torpe del
sentido común, aun ante personas que me consta, leyeron con la misma fruición
El príncipe o incluso los Discursos. Mi Nicolás está mucho más cerca de una
combinación exquisita entre el compromiso republicano y el pragmatismo propio
de la buena praxis de gobierno, a la vez que la supera. Creo que Maquiavelo nos
demuestra cómo puede pensarse aquello que por lógica se nos escapa: la
contingencia propia del mundo. Después de todo, ¿no es él quien define la
prudencia como la virtud de probarse capaz frente a esa contingencia?
Ahora bien, ¿por qué Maquiavelo en Ezeiza? ¿Por qué imaginarme la situación
en la que un hombre como él, que puede ser cualquiera y que efectivamente ha
sido y es cualquiera, forzado a abandonar su patria? Presentarles este cuadro
creo que puede ayudar a pensar la propia condición de posibilidad de ese
despojo: la crisis. Qué otra cosa es la fortuna si no su permanente latencia.
La salida en Ezeiza no aparece sin la experiencia de la crisis.
Hay una potencia en Maquiavelo
viendo una ciudad que antes sentía suya y teniendo que irse para pensar la
política. Desde un presente que se esgrime como arma para luchar contra la
inevitable transformación en el pasado. La historia y la política se definen en
esa relación temporal. Maquiavelo en un aeropuerto nos habla de cómo la
política atraviesa el tiempo de nuestras vidas. Ezeiza es el símbolo del
escape, de la resignación, de la esperanza. Pero todo ello en un contexto de la
crisis.
Maquiavelo en Ezeiza esconde, en
el mejor de los casos, la clave para comprender un tiempo surcado por la
incertidumbre. Y es desde ahí, y desde otros lugares, personas, escenarios e
imágenes, que puedo animarme a pensar sobre lo que sucede.
Cómo dar cuenta del esquema de sentido que le da entidad real a un tiempo subyugado a los infinitos tiempos en el horizonte de la crisis. Una crisis como tiempo cero, el tiempo de donde pueden salir todos los demás tiempos posibles, el tiempo que es tiempos múltiples e igualmente posibles. Maquiavelo en Ezeiza, mirando aquello que alguna vez fue suyo, antes de abandonar eso que fue él, es lo que puede abrirnos algunas puertas para comprender nuestra propia experiencia de crisis.
que estén bien
Por si les pica la curiosidad sobre Zizek, acá les dejo el video: https://youtu.be/IgR6uaVqWsQ
Comentarios
Publicar un comentario