Los que venimos: notas sobre mi generación

 

Hay algo muy característico creo de esta parte, este bloque o este conjunto, de hombres de mi generación que se supone vuelven a enarbolar valores tradicionales de antaño que se suponía, la gente de nuestra edad había abandonado o los asumía desde una posición crítica. La mayor presunción sobre la gente de mi edad se basa en esa creencia de que nos volvimos conscientes, vía terapia o vía actitudes contestatarias a la generación tan particular como la de nuestros padres y tíos crecidos en dictadura o que han madurado en la postdictadura, de aquellos mandatos y normas que no nos eran propios porque se supone reconoceríamos su origen histórico y, por ello, habilitaríamos para nosotros y para los que vendrán un espacio de libertad en el cual formular nuestros propios modos de vida, respecto de la familia, los vínculos sexoafectivos, el trabajo, el ocio, la autoridad política y tantos otros dominios.  El último tiempo, digamos la última década, con el 2018 como concentrado representativo y embudo y punto cero catalizador de muchas otras prácticas, nos ha demostrado que eso está lejos de confirmarse empíricamente en el orden de la cultura y los espacios y modos de vida de mis congéneres.

Del otro lado (suponiendo por simplificación analítica de que solamente existen dos conjuntos) de aquel grupo que sí confirmamos esa presunción, existen varones que buscan lo que nuestros padres también buscaban, pero esta vez asumiendo esos mandatos como responsabilidades para con la sociedad y la preservación de cierta idea de conjunto tradicional de creencias. El término tradición es uno muy problemático por lo demás, supone en el uso de mi lado de la historia que es propio de los otros, cuando en realidad cualquier repertorio de acción y comprensión de la realidad y la vida nace de una tradición, entendida como creencias y modalidades vitales construidos por decantación o sedimentación histórica (nunca estuve muy seguro de la diferencia figurativa o del uso correcto de estos términos que por ahora los tomaré como intercambiables). Reconocer que todos los grupos cohabitantes de un mismo tiempo histórico responden de una manera a otro a cierta tradición es crucial en la discusión actual, es crucial de comprender para poder plantear reglas de debate y planificación social. No creo que haya nada radicalmente nuevo hoy en día, lo nuevo es más lo emergente en la lógica de Raymond Williams.

Pero ese es otro tema. Hay algo que me parece característicos de los hombres del otro conjunto que es el miedo a la desposesión de la propia vida. Creo que se teme enormemente que la vida y las decisiones de uno no dependen por entero, y ni siquiera primordialmente, de lo que uno cree que hace de sí mismo. Hay una insistencia que roza la obsesión y el autismo, en que todo lo que nos sucede es responsabilidad de uno y solo de uno. Vaya y pase los efectos psicológicos que tiene asumir esta carga y las secuelas de angustia y depresión que trae para mí y mis congéneres lo irremediable de la creencia de la responsabilidad absoluta sobre nosotros mismos. Ya Mark Fisher ha dicho tanto sobre ello que mejor dejarlo cantar a él.

Lo que intento decir es precisamente esto: ese temor a la desposesión personal se reproduce por una dificultad intelectual muy grande para comprender que la vida en sociedad te vuelva las más de las veces sujeto de las decisiones de otros que de las propias (que es como creo funcionan más o menos las cosas). No en términos de inteligencia neta, no estoy diciendo que con mandar a los libertarios a leer a Bourdieu o a Foucault o el Nunca Más la cosa se soluciona, por más de que Lourdes Arrieta confirme superficialmente el estereotipo de la chicana. Estoy hablando de una dificultad que nace de un modo de la represión bien primario: nos protegemos inconscientemente de aquello que, por la forma en la que pensamos, consideramos que nos pone en peligro. Asumiendo como propia de esa lógica de pensamiento libertaria la jerarquía de la propia mente por sobre las estructuras sociales de sentimiento, ¿cómo no entender que la constatación de la inexistencia de soberanía absoluta sobre nosotros mismos es tan peligrosa?

Yo puedo entender y empatizar incluso con ese miedo. Cuando leí Vigilar y castigar me corrió un frío en el cuerpo que asumo, con pomposidad snob, que es el mismo que Adán y Eva habrán sentido cuando comieron el fruto del árbol del conocimiento. Cuando me di cuenta cómo las cárceles, los hospitales y las escuelas hacen de nuestro cuerpo sujetos de relaciones y tensiones sobre las que individualmente no tenemos ningún poder, me sentí absoluta y completamente desahuciado de la sociedad.

Las cosas funcionan, según yo, diferente en la sociedad. El que no seamos dueños de nuestras propias vidas en el sentido de que lo que sucede y las condiciones de vida en las cuales nos vemos inmersos, nace de eso tan bello que Giddens supo llamar las consecuencias no buscadas de la acción. Este sociólogo británico retoma una estructura fundamental del funcionamiento de la percepción, construcción del pensamiento y puesta en marcha de repertorios de acción de los actores sociales, deudora de las microsociologías de los años 40’ y 50’. Su modelo estratificado del actor, recupera esa formulación que toma en cuenta “lo que cada uno tiene y es de sí mismo”: para él sí cabe la existencia de un núcleo ontológico personal, uno es quien es en parte por sí mismo. Hasta ahí, los libertarios sonríen. Pero Giddens no hace las cosas tan sencillas, porque hay en el modo en que los actores actuamos en la sociedad, partes efectivamente sociales. Esas partes que nos hacen ser quienes somos en parte por otros y por otras cosas más allá de nosotros mismos. Esas partes son las condiciones inadvertidas de la acción (el contexto general en el que nos encontramos cuando actuamos en la cotidianeidad, que no advertimos porque no entra en general en los cálculos personales pero que si tiene incidencia en nuestro “fondo” mental) y las bellas consecuencias no buscadas de la acción. Uno no es dueño de sus propias decisiones porque no controla lo que esas decisiones y acciones, o cómo esas decisiones y acciones, cobran existencia en la realidad social cuando son sujetas al encadenamiento de otras consecuencias de otras acciones a partir del tiempo. Es en este flujo histórico en el que las instituciones sociales, los imaginarios y las creencias culturales se componen.

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